jueves, 20 de octubre de 2011

Lo que un hueso

Ahora pesa lo que un hueso de cereza.
Mi vida flota sobre las demás, viajando entre las nubes de un cielo azul radiante. Anestesié al corazón y estoy volando sin la preocupación de poder caer al vacío y morir. Busqué un sentimiento y encontré un alivio.

Notas que aún recuerdo suenan en mis oídos cargadas de grandes recuerdos de un primer amor. Mi sonrisa se implanta en la cara, no la puedo esconder. Mis labios cantan las letras sin poder pararlos, son palabras a veces sin sentido pero es que no hay que escuchar lo que dice, sino lo que no dice.

Leer entre líneas ¿es tan difícil? Para la gente normal sí...

He ahogado mis penas en un vaso de trina de mandarina y he disfrutado bebiéndomelas. Ahora sólo me falta una sonrisa, la tuya quizás, para que me ilumine los escalones que tengo que ir subiendo hasta llegar a mi recompensa.

Pero antes, dormiré plácidamente entre mis sábanas, abrazada a un peluche y soñando con Utopías olvidadas en mi subconsciente. Únete y ayúdame a despertar junto a ti.

lunes, 17 de octubre de 2011

Extraño

Hoy el día se oscurece por momentos, como mi alma frente a esta soledad helada que me oprime el alma y me rompe el corazón.
Suspiro porque quiero algo, porque necesito de eso y porque quiero lo que tienen los demás. Tu vida, mi vida, la vida de los otros ¿qué es lo que me espera a mí?

He intentado buscar dentro de mí, pero todo está como mi habitación, desordenado. Tengo la cabeza en los pies y el alma perdida en mi bolsillo. Tengo tu imagen en mi cabeza pero, ¿existes? Sí, existes, tienes que existir. Semejante persona tiene que existir, sino, ¿de qué me ha servido escribirte tanto y llorarte tanto?
Llorar a un ser invisible...o quizá no, no lo sé.

Hoy el día se nubla. Hoy el sol no sonríe. Hoy la luna quizás no salga a jugar. Por ello deseo encontrarte para que, en días como hoy, tu sonrisa sea la luz que me guíe, para que bajo la lluvia pueda besarte, para que, al final de todo, seas tú y no otra la que se lleve mi corazón a su cama y duerma a su lado la noche entera.
Sé que estás ahí, sé que existes, te siento, pero...¿dónde te escondes?

domingo, 16 de octubre de 2011

Estrella

Esa inseguridad que da imaginar su pelo acariciando tu cuerpo. Esa inseguridad que te da imaginar unos besos que aún no han llegado a tu alma pero que imaginas e imaginas intentando que sean reales.
Ese deseo de poder por fin abrazar un corazón afín al tuyo. El deseo de poder escribir su nombre con las yemas de tus dedos sobre el cristal empañado por el frío de fuera, un deseo infantil pero que reconforta tanto...

Mas en la oscura inopia del sentimiento del ser humano no he encontrado aún un ser capaz de seguir una a una todas mis palabras sin necesitar más para poder explicarme. Mis palabras, susurros callados en un vacío inexistente que intentan llegar a tu oído mientras duermes tranquila en tu cama. Un deseo, una vida, un beso, una flor, un corazón, un alma, una llama, una chispa, una palabra...
Palabras palabras, ¿dónde os escondéis cuando me atrevo a utilizar mi voz y no mis dedos? ¿Dónde os dejo? ¿Os olvidáis de repente de cómo salir al exterior?
Mi castillo está hecho de ladrillos de deseo, mi muralla es una neblina inocua para los malignos que me atacan desde la espesura de un bosque cercano. Mi magia no los ahuyenta, ni siquiera mis lágrimas los ahogan en dolor.

Pero hay una luz, una luz tras todas esas nubes oscuras del cielo. Una luz, es ella, la luna con las estrellas. Y tu sonrisa...tu sonrisa es el resultado de eones de súplicas de la luna al sol para que una sola estrella pudiese vivir en la tierra. Tu sonrisa tiene el brillo de esa estrella y la calidez de la noche oscura. Tu sonrisa es la única medicina contra mi dolor, pero hasta que no te encuentre, hasta que no sea capaz de materializarte ante mí no cesaré en mi empeño de mantener este castillo completo piedra a piedra, hasta que llegues.

Una estrella convertida en sonrisa caminando por la calle buscando entre la gente una persona afín que comprenda su alma. Una estrella esperando a ser descubierta, una estrella...latente en la tierra.

martes, 11 de octubre de 2011

Alcohol

Arcadas somnolientas me despiertan del sueño eterno de mi razón y mi esperanza. Me busco entre las sábanas blancas que he escondido en lo más hondo de un cajón oscuro para jamás encontrar la luz que mengua mi oscuridad interna. Una oscuridad que me hace caminar con paso dubitativo cuando salgo a la calle a encontrarme con la humanidad que mira mis ropas y mis ojos como si no fuese de este mundo, de este planeta.
Una extraterrestre perdida en un universo nada paralelo, un camino perdido entre tu puente y el mío. Un puente invisible como las teclas del piano olvidado que suena en el piso de arriba cuando intento dormir.
Duermo para soñarte, para soñar tu cuerpo enroscado al mío, a la luz de la tenue luna y al orgasmo silencioso de una noche apasionada.

Acaricio las nubes que velan de que el mar no se salga de su sitio y las moldeo con mi imaginación para formar tu cara, tu cuello, tu pelo y tus manos. Formo figuras oníricas que vienen de una utopía de color morado en la que la mujer es la reina de todo y el hombre queda en lo más bajo de la cadena. Ese mundo que sólo existe en mi cabeza, que día tras día piensa y piensa y no llega a ningún sitio.

Mas suspiro y no te encuentro. Mas respiro y ahí estás amor eterno, apunto de alcanzarte.
Y de repente despierto de una pesadilla provocada por el alcohol y las drogas y sigo sin tenerte, una lágrima o una gota de sudor recorre mi cara. Entierro mi cara en mis manos y entonces se cuela un rayo de sol que ilumina mi pecho, a la altura del corazón.

sábado, 8 de octubre de 2011

Piano

Al final del pasillo se escuchaban las notas de un piano que no cesaba en su música.

Los cuadros llenaban las paredes, la moqueta cubría el suelo de láminas de madera, protegiéndolo del tiempo y de las cicatrices.
El viejo pianista tocaba con sus viejas manos el viejo piano. Las viejas teclas de marfil, amarillentas por el paso del tiempo, aún sonaban como el primer día. Nota tras nota retumbaba en toda la estancia haciendo la esencia de aquel lugar un poco menos dura. Un poco menos pesada.
La ligereza del sonido viajaba por todas las partículas de aire que vivía dentro de aquella habitación; las notas olvidadas fallaban entre tecla y tecla y las cuerdas, golpeadas, ya no eran las mismas.
Pero seguía siendo el mismo sentimiento. Era la misma alma la que tocaba día tras día hasta caer exhausto sobre la cama y soñaba, soñaba que aquel piano volvía su ser, soñaba que su piel volvía a ser tersa, como la de un niño.
Entonces despertaba y recordaba lo que un día fue, el mejor pianista del mundo, ahora olvidado en una vieja mansión alejada de toda civilización. Recordaba los aplausos, el calor, las salas abarrotadas...lo recordaba, pero jamás lo recordó feliz pues no es más feliz el que más tiene sino el que es feliz con poco.
Nunca tocó aquellas teclas por dinero, era su musa, la más bella musa jamás nacida. La musa de tez blanca y cabellos rojizos lo miraba actuación tras actuación con sus ojos verdes para infundirle la seguridad necesaria para salir y deleitar al mundo con sus notas.

Esa musa fue la que se lo llevó. Esa musa fue la que acalló aquel piano, la que le dio la vida eterna. Aquella musa le concedió el deseo de volver a ser joven y vivir la eternidad junto a ella.
La música era su vida y el piano, la musa materializada en arte.

viernes, 7 de octubre de 2011

Campanadas

Sobre las cristalinas aguas de un pequeño lago, su cuerpo flotaba.
Las estrellas se acicalaban en el reflejo de éste y acariciaban con su tenue luz la piel blanca de aquella que viajaba a través de sus pensamientos, por el tiempo y por el alma.
A través de un muro de plata que escondía sus más sinceras palabras al mundo, ella callaba con sus labios cosidos pues su mirada era el único modo de comunicarse.
Sus ojos pedían auxilio, socorro, una mano que la sacara de aquella gélida agua y la curase con un simple abrazo, una caricia o un beso en los labios. Una persona que le devolviese el calor y las ganas de vivir, que le diera una razón por la cual día tras día ir quitándose los puntos de sus labios y poco a poco ir recuperando el alma.

La catarata que llenaba el lago no cesaba en su rezo y el murmullo del agua hizo que ella se durmiera entre sus ropas mojadas. Su vestido de gasa flotaba por el agua como si de su pelo se tratase y su piel, ahora morada, había dejado paso a las cicatrices.
La luna lloró, dejó caer una lágrima sobre la tierra y entre sus plateados rayos acogió a aquella chica con rasgos de muñeca para que durmiese eternamente en el cielo nocturno junto a sus hermanas estrellas.

Y de repente, como si estuviese planeado, la lluvia comenzó a mojar todo el suelo del bosque, las niebla se intensificó, los relámpagos iluminaban la triste y oscura noche y a lo lejos, el campanario anunciaba otra muerte más. Otro corazón rasgado, parado, olvidado. Mal de amores. Mal de un cuerpo que no ha soportado el paso de los días, que ha rechazado la soledad.
Mas ella ahora sonríe feliz por formar parte de tan increíble espectáculo y cada noche, junto a su madre luna, ilumina el cielo por el que muchos suspiran día tras día.

jueves, 6 de octubre de 2011

Bailarina

Sonaba la cajita de música mientras la bailarina bailaba sobre la mesa de cristal.
Sus alas, rotas por el frío, se movían al son, intentando hacer que ella volara sobre el frío hielo. Mas su vestido, raído por las ramas secas y muertas dejaba al descubierto su piel blanca.
Sus medias, sus zapatitos, todo había quedado destruído por el frío.
El frío que inundaba su pequeño corazón atrofiada, su pequeño corazón olvidado en lo más alto de una montaña. Allí ella bailaba y bailaba hasta que salía el sol...que nunca salía.

Sobre aquella mesa de cristal se grababan las mismas notas de piano rasgado. Notas que no llegaban a oídos de nadie, que se perdían entre las nubes grises, entre los copos de nieve, entre las lágrimas congeladas.
Sentimientos que caían sobre el suelo, que se los llevaba el viento, atados a un pequeño globo blanco que volaba y volaba y jamás se supo más de aquel globo...

Y aquella bailarina, bailaba su vals, sola, olvidada en algún rincón de alguna montaña perdida entre las nubes y la nieve. Esperaba un rayo de sol, un rayo de luna, algún rayo que pudiese despertar su interior y salir huyendo y luchar.
El piano cesó en su música y ella cesó en su baile. La nieve dejó de caer y se hizo el silencio, al fin.